Spanish poem
Miradle: Sobre Púrpura Sentado
by Juan Eugenio Hartzenbusch (1806–1880)
Miradle: sobre púrpura sentado, La copa del placer bebiendo está. Oid: —en su cantar regocijado Ay de dolor discorde sonará.
«El hombre, del mundo rey, Siervo de la muerte vive, Dicta a la tierra la ley, De la nada la recibe.» «Gloria y oprobio eslabona, pero en desigual razón: Seguros sus hierros son, Disputada su corona.» «No halla el hombre criatura Que a su cetro no resista: Dios le da la investidura, Y él el poder se conquista.» «Osado en su frente a herir Insecto mísero viene, Que armas para herirle tiene, Y alas también para huir;» «Y ante las aras se ve De la muerte sin defensa El ínclito ser que piensa Con una cadena al pie». «Y la segur del destino Le postra al golpe fatal, Cual troncha cañas de lino Granizada o vendaval». «Es resistir a la parca Es huirla insensatez: Con sola una mano abarca Del Orbe la redondez». «El hombre en tal situación, Para encubrir su flaqueza, Con risible sutileza Forjó la resignación». «Y quiso hacerse creer, Sofista consigo mismo, Que era virtud y heroísmo Lo que es falta de poder». «¿Por qué ese título falso De rey, hombre, se te da, Si eres un reo que va De la cárcel al cadalso »Cuya muerte a proporción Se retarda o se acelera Según dura la carrera, Según aguija el sayón? »¡Ay! para haber de arrastrar Tan efímera existencia, Esclavo de una sentencia Que no se puede evitar, »Yo, en el caso de elegir, Hubiera dicho: «Primero Quedarme en la nada quiero, Que nacer para morir».
Así el hombre delira y se atormenta Luchando con idea tan cruel: Insecto que de flores se alimenta, Y labra acíbar en lugar de miel. Tímido caminante en noche obscura, Se asusta del benéfico pilar Que próximo descanso le asegura Tras largo y afanoso caminar. Cáliz la vida con el fondo abierto Que al licor deja sin cesar huir, Y único punto al hombre descubierto La muerte en el nublado porvenir, ¿Por qué dar a esa copa y a esa meta Furtivas ojeadas de terror? Mirarlas sí; mas con la vista quieta, Y naciera del hábito el valor. Despavorido huyó la vez primera Que vio el salvaje el bélico corcel, Y osado luego a la temida fiera Clavó el arpón, y se vistió su piel. Si al término de todos los caminos Hay un despeñadero que rodar, ¿Por qué en la hondura amontonar espinos? Plumas donde caer conviene echar. ¿Y qué es morir? ¿Qué es eso que desvela Tanto al hombre que eterno quiere ser? Hallar al fin la eternidad que anhela, y un vestido prestado devolver. No es el hombre la caja quebradiza, Forma perecedera si gentil, Que la mano del tiempo pulveriza Y restituye a su principio vil; Allí dentro un espíritu se encierra Noble, puro, de origen celestial: Aquello es hombre, lo demás es tierra, Y aquello no perece, es inmortal. Sediento el hombre de ventura vive, Y apenas en la vida la entrevé: ¿Será posible que la mano esquive Que de los cielos posesión le dé? Breve es la vida. —¡Brevedad dichosa, Que los días acorta de ilusión, Y nos lleva en carrera presurosa De la verdad a la feliz región! ¿Qué pide la virtud en la bonanza? ¿Qué anhela en la desgracia la virtud? El piélago cruzar de la esperanza, Sirviéndole de barca el ataúd. El malvado que gima y se amedrente De rendir a la muerte la cerviz, Huélguese en la miseria de viviente, Temeroso de ser más infeliz; Pero es al cabo por decreto eterno Desastroso el vivir del criminal; Y si en la muerte asústale el infierno, Su vida es otro infierno temporal. Mezcla el hombre de espíritu y de lodo, Ya excepcionado de la ley común, ¿Por qué, si el alma sobrevive a todo, Más privilegios pretender aún? Esos orbes vivíficos de lumbre Que al mundo animan y le dan color, Florones de la diáfana techumbre O joyas del vestido del Señor, Esta del hombre equívoca morada, Cementerio con galas de jardín, Todo al voraz abismo de la nada Corre, y en él encontrará su fin. Y en medio del magnífico vacío Que llenará la eterna majestad, El hombre girará con señorío, Satélite de un sol divinidad. Plazo es la vida que emplear debemos En adquirir felicidad mayor, Felicidad que adivinar podemos En los goces que dan virtud y amor; Y consumir en quejas vanamente Los días de este plazo de merced, Es, en vez de limpiar escasa fuente, Cegar su vena y perecer de sed. Muerte, centro de todo, ley temida Mucho rigiendo, al abolirse más, Porque el día fatal de tu caída Contigo al universo arrastrarás; Ángel eres que al alma aprisionada Libertas de prolija esclavitud, Y ya del roce con el cuerpo ajada La vuelves a su hermosa juventud. ¡Muerte! si tú me guías a los brazos De los seres que amé, de aquellos dos, que de mí se llevaron dos pedazos En el amargo postrimer adiós; Si al padre caro, si a la esposa amante, Ya para siempre me uniré por ti; Si a la madre he de ver que tierno infante Primero la lloré que conocí; Ven, que tú eres la dicha, errado el nombre, Tú haces la vida dulce de dejar, Y tú puerto seguro das al hombre Que errante boga por inquieto mar.