Spanish poem
Niebla Densa Y Fría
by Juan Eugenio Hartzenbusch (1806–1880)
Niebla densa y fría Que sube del Tajo, Cubriendo a la noche La luz de sus astros, Envuelve a Toledo En húmedo manto. Reina por las calles, Reina en el palacio Profundo silencio, Gustoso descanso. Ni el ave agorera Con lúgubre canto Prontos funerales Intima al anciano, Ni agudo ladrido Despierta al avaro Que nuevos tesoros Apila soñando. Ni suena campana, Ni escúchanse pasos; La villa parece Sarcófago vasto, Donde confundidos Godos y romanos, A sus sucesores Están aguardando, Sólo entre la sombra Descúbrese un claro De luz moribunda Resplandor escaso; Sólo en el alcázar Del rey castellano, Y en rico aposento De techo dorado, Un hombre no goza Del sueño de tantos. Enrique el segundo, Enrique el bastardo, Que vida y corona Quitole a su hermano, Solícito espera La aurora velando. No porque le acosen Recuerdos amargos Del crimen que vieron Montiel y su campo: Temblaba algún día De verse las manos; Mas ya se envanece Del golpe villano: Truecan de conciencia Reyes adulados. Del lecho mullido Le tienen lejano Sospechas que abriga De cierto vasallo, Que en prenda vedada Sus miras acaso Por desdicha suya Puso temerario. Paséase inquieto, Y asómase cauto, En una ventana La vista clavando. Ventana es aquélla Que fue muchos años Hito de los ojos De los toledanos, Colgada de flores, Vestida de ramos, Verdes esperanzas Que allí se secaron. Jamás los suspiros Y amantes regalos Aquella ventana Abierta encontraron; O nunca a lo menos El bello milagro, De mil albedríos Amable tirano, Señales visibles De aprecio ni pago Dio a los homenajes Que le tributaron. «Tienes, Isabela, Corazón de mármol,» Cantábanle luego Sus enamorados. Hoy ya no se culpa, Sabido el arcano, Su dura esquiveza, Su honesto recato. De rey y vasalla, De ilícito lazo, La triste Isabela Nació para el claustro, Y ya el sacro velo Le están preparando. Vino para darle Su primer abrazo Enrique a Toledo: Vendióselo caro. Por toda una vida De días de esclavo, Sin goces el alma, Y el cuerpo penando, La dio un apellido Regio, pero vano. Cierto que con ella No anduvo bizarro El más generoso De los soberanos: ¡Fiad en virtudes De razón de estado! La víctima hermosa Del triste holocausto El cuello sumiso Tendía llorando: Enrique por eso Vigila azorado De su hija la casa Frontera a palacio: Aquellos luceros Deshechos en llanto «Amor nos anubla» Dijeron incautos. Burlan las tinieblas El celo del Argos, Y abierto el postigo, La luz con sus rayos El espionaje Revela callando. Sale del alcázar El rey embozado, Celoso dos veces, Padre y soberano; Y al tocar los muros Que le dan cuidado, Pisadas percibe, Llaves y candados, Puerta cautelosa Que se abre despacio, Y seda que cruje Rozada con paño, Y dos voces oye Decirse muy bajo En son de cariño, En eco de halago: «Adiós, Isabela; Adiós, mi Gonzalo.» El rey queda inmóvil, La espada en la mano.