Spanish poem
No Hay Magnífico Señor
by Juan Eugenio Hartzenbusch (1806–1880)
No hay magnífico señor, Ni humilde trabajador, Que a veces no necesite De un amigo que le quite Duda, pena o mal humor. No hay sabio tan engreído, Que de atender se desdeñe A quien, por él escogido, En cualquier tiempo le enseñe De balde, y solo, y sin ruido. No hay pecador pertinaz, Que se rebele al consejo De quien, hablándole en paz, Le mire sin entrecejo, Inalterable la faz. Este amigo, útil y fiel, Que instruye, refiere y pinta, Vestido gasta de piel, Es mudo, y habla en papel, Y señas hace de tinta. Hay alguno que, traidor, En cáliz engañador Ofrece mortal veneno; Pero entre ellos, uno bueno Es el amigo mejor. Éste, que gusta de dar Lección, y que no nos cueste, Es el libro: hay un lugar En que prefiere habitar, Y una biblioteca es éste. Después que el hierro colgó, Ya ganada en recia lid La corona que heredó, Una Biblioteca dio Felipe quinto a Madrid. Hoy Madrid, harto distinto Del que Felipe veía, No cabe ya en su recinto, Ni en sí aquella librería Que fue de Felipe quinto. Pantoja en la Trinidad Clama que tiene sin luz Sus cuadros, y es la verdad: Halle por la Cruz piedad Juan Pantoja de la Cruz. La gran ISABEL deseos Tenidos por devaneos Hoy en realidades trueca: Nacen aquí dos Museos, Renace una Biblioteca. Tu nombre, Señora, lleve, Cruzando el espacio leve, La Fama por todas partes: ¡Bien haya quien a las Artes Da el templo que se les debe! ¡Bien haya la gran nación, Que sabe en digna ocasión Cambiar con alta cordura Tesoro sin duración Por otro que siempre dura! Lo que por tantos es hecho Con largueza meritoria, Concede a todos derecho A la parte del provecho Y a la parte de la gloria. En las grandes condiciones De la humana sociedad, Para adquirir sus blasones, La gloria es necesidad, Es vida de las naciones. Y las glorias nacionales Piden la magnificencia De alcázares, en los cuales Tengan el Arte y la Ciencia Sus próvidos arsenales. A la fuente perenal Un pueblo acude a beber, Y no agota el manantial: Fuente hay que presta saber, Sin merma de su caudal. Ya por los anchos salones Del edificio futuro Me llevan mis ilusiones: Damas en él y varones Aquí y allá me figuro. Los unos en marcha lenta Viendo van y conversando; El observador se sienta, Y un joven allí copiando Colora un lienzo que alienta. ¿Quién sabe si ese mancebo, De exterior grave y sencillo, Vendrá en dichoso relevo A ser segundo Murillo, Ribera o Velázquez nuevo? ¿Quién sabe si de esos dos, Que el uno del otro en pos, Lugar buscan oportuno, Voz de Clío será el uno Y el otro lengua de Dios? Fija en un disco la lente Aquél, y descubre sabio Luz que las sombras ahuyente, Con que a la verdad latente Fatal error hizo agravio. Aquél, que de golpe cierra Su libro y de allí se va, Nuevo Arquímedes quizá, Quiere en peso alzar la tierra, Y dio con el punto ya. ¡Oh tú, en cuyo paralelo No puede ponerse nombre! ¡Oh tú, bendito del Cielo, Que supiste asir al vuelo El son de la voz del hombre! Tú inmóvil y permanente La hiciste de fugitiva, Y del tiempo en la corriente, Columna blanca valiente, ¡Se alza entre naufragios viva! Por ti el pensamiento vario De una y mil generaciones Encontró depositario; Por ti formó de sus dones La Ciencia inmortal erario. Por el libro nuestra edad Con diadema se engalana Que labró la antigüedad; Y un libro será mañana La ley de la humanidad. Nunca sin alto loor Y gratitud infinita Se nombre al Genio inventor, Que al dar la palabra escrita, Hizo al mundo el bien mayor. Con ella un pueblo educado Aquí... ¡Oh falaces quimeras! ¡Oh ilusión! Sólo he quedado En un arenal cercado De mástiles y banderas. Prematuro es el contento Del corazón anhelante: Principio tiene el asiento Del palacio del talento... Miro el fin... ¡ay! ¡cuán distante! La flaca voz enfermiza, Que este día solemniza, Muda en el otro será; Mas donde esté mi ceniza, Saltos de gozo dará.